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martes, 31 de mayo de 2016

Los recuerdos viajan en tren


Hubo un tiempo en que los sueños viajaban en vagones de tren, donde todo era posible y donde un  trayecto por muy corto que fuera podía suponer toda una experiencia.

El día que alguien, por el motivo que fuera, decidía  emprender un viaje en tren, éste comenzaba en la plaza del pueblo. Allí a una hora determinada esperaba una furgoneta para llevar a los pasajeros hasta la estación. Primero una "dekauve" de color verde  y luego otra más nueva de color naranja y blanco. No importaba la cantidad de gente, todos cabían en la furgoneta, sentados, de pie o agachados, y si había que hacer más viajes, pues se hacían...

La estación se divisaba a lo lejos entre el paseo de árboles que arropaban la carretera. Por las ventanillas se veía a algunas personas con bolsos o maletas en la mano que habían decidido hacer el trayecto caminando, alguno también lo hacía en bicicleta.

Tras pagar el transporte hasta la estación, lo primero era dirigirse a la ventanilla para coger el billete. Según entrabas a mano derecha una báscula de pie junto a cajas amontonadas y unos bancos de madera te daban la bienvenida. Por una pequeña ventanilla se despachaban los billetes. Después a esperar la llegada del tren sentados en los bancos o inspeccionando los alrededores... el pequeño jardín de la estación siempre llamaba su atención por lo particular y coqueto.

La bajada de barreras del cruce cercano anunciaba con antelación que el tren ya estaba próximo.

Por fin, si te asomabas un poco a las vías, tras una curva poco pronunciada, la locomotora avanzaba a una velocidad cada vez más reducida hasta su parada justo en la estación.

Según la hora y de donde procedían, pasaban  distintos trenes.  Los había con vagones que tenían  departamentos acristalados, donde los asientos se disponían unos enfrente de otros y los bultos, bolsos y maletas se depositaban sobre  unos estantes por encima de las cabezas. Otros trenes tenían vagones  con filas de asientos  unos detrás de otros.

Cuando la  gente ya estaba  instalada y  el tren se ponía en  marcha,  un señor entraba por la puerta que comunicaba un vagón con otro  con una bolsa de caramelos en la mano:

-Un caramelito, guapa.
-Tenga usted señora.
-Buen viaje tenga usted.

De la bolsa sacaba puñados de caramelos que repartía a unos y otros. Se agradecía la simpatía y el entusiasmo que derrochaba. Su comentario preferido cada vez que veía un grupo de gente joven:

-Juventud, ¡divino tesoro!.

Casi todo el mundo desenvolvía su caramelo y comenzaba a saborearlo, mientras con el traquetear  del tren la mirada  por la ventanilla  se perdía a lo lejos  entre viñedos y olivares.

Al rato el señor hacía de nuevo su aparición, ahora con unas papeletas en la mano que vendía  para la rifa de una gran bolsa de caramelos entre todos los viajeros.  Amablemente la mayoría contribuían comprando un número.

Al cabo de un tiempo y antes de terminar el trayecto volvía a pasar con el número premiado:

-Otra vez será, ¡el premio ha salido ya!
-Qué tengan ustedes muy buen día.

Una vez en el destino cada uno cogía su equipaje y se disponía a sus asuntos. Mientras tanto un recuerdo inolvidable quedaría para siempre marcado en nuestra mente, donde la imaginación juega con la memoria en una fantasía que alguna vez fue realidad.







martes, 12 de abril de 2016

La primavera de los recuerdos

Y llegó con la certeza de los que se saben bien recibidos. Extendió su húmedo aroma en las frescas madrugadas y embriagó con un ligero perfume las cada vez más largas tardes templadas. 

Eran días de  una luz especial que inundada las estancias en la mañana. Al pasar cerca de los hornos el olor a tortas dormidas despertaba los sentidos en aquellos pasos que se encaminaban aletargados  hacia la escuela. Un poco más adelante en la panadería de la esquina se compraban los colines  crujientes y las barras tiernas de bocadillo  recién hechas,  que combinadas con una onza de chocolate, en el recreo sabían  a gloria. 

Las margaritas se dejaban contemplar en las cunetas en dirección a las eras. Éstas  eran todo un espectáculo de verdor y destellos en los días que el relente de la noche aún coqueteaba caprichoso con los primeros rayos de sol. Jugábamos a deshojar el destino con una flor entre las manos, ilusión efímera ante el último pétalo que marcaba nuestro designio... "me quiere mucho, remucho, poquito o nada". Los dientes de león, suaves pelusos de nuestra infancia, representaban  el valor de los deseos que en un soplo al cielo volaban sutiles en el aire. Los zapatitos de la Virgen en ramilletes amarillos, daban notas de color dorado a los campos de la fantasía, junto con los moros erguidos al cielo despuntando morados y las aterciopeladas florecillas sangre de Cristo. Un poco más adelante surgirían las amapolas, elegantes con sus delicadas y suaves faldas rojas de bailarinas, que danzaban solas o acompañadas al compás de las espigas entre los mares de cebada y trigo. 

El sol  de primavera se deslizaba por los grandes ventanales, cuarteados en cristales con olor a pez. Las ramas empezaban a lucir sus primeras hojas verdes ante nuestra mirada soñadora  que se entretenía con una mosca. A  lo lejos en el horizonte  el tren silbaba al paso por la estación de nuestras vidas. Los trinos de los pajarillos acompasaban las palabras parsimoniosas del dictado de la maestra. En los cuadritos de los cuadernos se reflejaban las sombras traviesas de las raídas  cortinas, que a contraluz se empeñaban en entorpecer el resultado de una división o el desenredo de una raíz cuadrada.

En las tardes ya soñolientas de Mayo salíamos a la galería, de dos en dos. Formábamos una perfecta fila de niñas  a lo largo de la pared donde daban las puertas de las  clases. Dirigidas nuestras miradas hacia la puerta abierta del comedor una Purísima contemplaba la escena.  La armonía y la perfección de repente se veía alterada por las risas y nerviosismo, cuando poco a poco el sonido discorde de fuertes pisadas de botas, patadas, zancadillas y empujones, anticipaban la llegada de los muchachos que desde los portales subían a trompicones por la amplia escalera hasta el piso superior. Se disponían al otro lado de la galería junto a los ventanales, también en una fila que los maestros se empeñaban en corregir una y otra vez para igualar a la de las chicas. 

Así dispuestos comenzábamos primero con entusiasmo, después poco a poco con desidia, los distintos rezos del rosario y al unísono entre gallos y notas discordantes coreábamos "Con flores a María".  Aún  no habíamos entonado el canto cuando un leve mareillo teñía  algunas caras de un pálido fantasmal, causa del calor sofocante que ya se dejaba notar.  

Era entonces cuando los maestros abrían de par en par las ventanas que daban en dirección al pueblo y una dulce y suave mezcla de aromas se hacía notar en el ambiente. El olor a los paraísos, al pan de higo de los árboles del patio, a las  lilas repartidas en arbustos por el jardín, a las rosas de Alejandría en torno al pilón, alegraba nuestros juveniles corazones. Perfumes que para siempre, sin saberlo,  impregnarían  nuestras vidas

Después con el paso del tiempo, cada vez que cualquiera de esas fragancias llegan a nuestros sentidos nos vuelven a evocar aquellas escenas de nuestra niñez,  donde la imaginación juega con la memoria en una fantasía que alguna vez fue realidad.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Con acento villarrubiero


Amaneció pronto ese día. Madrugó más  que de costumbre para demostrar a su padre que no era un bigardo ni estaba hecho un sobabancas. Estaba harto de oír decir que parecía un tortasol.

Se cambió la muda, se ató las agujetas  y se embocó el almuerzo lo más rápido que pudo. Cogió el hato y salió por la puerta.

Los chorrigueros escarchados eran la muestra de que la noche había sido muy fría.  Era temprano, aún así unos chiquitos ya estaban dando patadas a un pelotón, catapacios en mano y los calcetines comidos. Algunos tenían las rodillas solladas  y otros  costras ya resecas. Por un acto reflejo torció el pescuezo tan rápido que el pelotón no le dio en el cocote de milagro. Encorajinado lo pescó y lo emburrió de una fuerte patada al tejado de en ca la tía María. Los chiquitos se apresuraron al lanzamiento de cantazos y boleros contra él, pero no le atinaron.

Prosiguió su camino, retorció la esquina de la iglesia y un fuerte viento le terminó de espabilar despeluznándole todo el pelo. Con una mano se tapó el resuello, ¡pachasco fuera a coger un zurupio!. Los corremundos  rodaban de un lado a otro y se amontonaban en una esquina. Un chucho esmirriado se le acercó. -Tuuuusooo, exclamó, y el perro corrió como alma que lleva el diablo.

Se encontró con un amigo. -¡Ta! ¿ande vas?,  le preguntó. Sin dar muchas explicaciones apresuró el paso, no fuera a llegar tarde. Cogió el camino de las arrevueltas. Cuando llegó ya había algunos, arrecios  por el frío,  echando sarmientos a la lumbre, junto a un chimonete de cantos.

Tendieron los lenzones bajo las olivas y comenzaron a varear. No era tan difícil, sacudía con energía y ganas. Tras un rato las manos empezaron a escocerle produciéndole rojeces que luego se convertirían en vejías. Después una a una a recoger todas las aceitunas que habían caído al suelo fuera del lenzón, con los dedos tan engarrotados por el frío, que no podía ni hacer con ellos el huevo.

La tarea se volvió monótona y según iba avanzando el día unos tímidos rayos de sol se dejaron entrelucir sobre las ramas de los árboles.

Poco a poco el ajetreo del duro trabajo hizo que entrara en calor. Tan fuerte atizaba una y otra vez,  que tarazó una de las varas.

Al medio día un descanso para comer. Cada uno sacó del talego y de la merendera el avio que las madres o mujeres les habían preparado. Él, hambriento por el esfuerzo, se lo zampó todo muy rápido.

-¡Ta, muchacho, qué avariento!, anda límpiate esas berreas, dijo un compañero.
-¡Ta, si se lo ha echao a rodar!, dijo otro.
-¡Ta, échale pisto frío!, añadió un tercero.

Y todos comenzaron a reír. Uno de ellos cogió una ramita y empezó a escamondarse los dientes mientras reía y reía.

Se reanudó la tarea y cuando el sol empezó a descender recogieron el hato.

Una vez en casa satisfecho por el trabajo, se empoltronó en un lado de la banca, cerró los ojos y se juró a sí mismo que su vida a partir de entonces cambiaría de sino.

Después pasaría el tiempo y recordaría este episodio con una sonrisa en los labios y su mujer le preguntaría de qué te ríes. Él cerraría los ojos, recostado en el cómodo sofá de su casa, evocando episodios de su niñez.

Las palabras agazapadas en un rincón, jugaban revoltosas dibujando historias. Significados y expresiones que volvían a cobrar sentido cada vez que  visitaba su pueblo. Allí donde la imaginación juega con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad.
















domingo, 31 de enero de 2016

Aquellas colecciones

El tedio se amontonaba pesadamente aquella mañana en forma de aburridos textos tras horas en la escuela. Unos golpecitos en la puerta vinieron a transformar, como por arte de magia,  la agotadora mañana.

-Adelante. Dijo el profesor.

Un señor vestido de traje, con un abultado maletín entró en la clase. Todos los chiquillos dirigieron sus curiosas miradas hacia él. 

Tras saludar al maestro, ocupó el lugar de éste en la mesa. Los bostezos por un momento volvieron a hacer acto de presencia pensando en el rollo que este otro señor vendría a soltar.

Sin embargo el interés  de todos se centró en el maletín que cariñosamente depositó encima de la mesa. Se tomó su tiempo, abrió despacio una cremallera y mostró un gran álbum entre sus manos, levantándolo en alto para que todos lo vieran. Al instante llamó la curiosidad de todos. Cientos de imágenes se expandían por las páginas. Trataba sobre el espacio, fotografías de planetas, satélites, constelaciones y el gran primer viaje del hombre a la luna. 

Habló de lo magnífico de la colección y de lo divertido de terminar el álbum pegando en cada espacio el cromo  que correspondía. Sacó unos sobres con estampas y los repartió entre toda la clase para animarnos a comenzar esta aventura. 

Todos los chiquillos impacientes abrieron los sobres para comprobar qué les había tocado. Algunas estampas  estaban repetidas y algunos ya empezaban a cambiarlas con los compañeros.

El profesor tuvo que poner orden ante el escándalo que se formó. El señor que nos acababa de visitar llamó la atención volviendo a levantar un álbum nuevo, a estrenar, entre sus manos, diciendo:

-Voy a sortear este álbum entre todos. Escribiré un número y el que lo adivine se lo lleva.

A partir de aquel día nuestra única misión  era completar el álbum cuanto antes. A todos los que el álbum no les había tocado lo adquirieron junto con los sobres de estampas en la tienda de la plaza del pueblo que era donde se vendían. 

Los chiquillos se hacían listas con todos los números de los cromos que aún les quedaban por conseguir, cambiaban con los compañeros los repetidos y adquirían sobres, y más sobres, hasta dar con aquel que tanto costaba en salir. Siempre había unas estampas que se resistían a aparecer. Al final muchos álbumes quedaban a falta de dos o tres para ser completados.

Después vendrían otros álbumes, de flores, de minerales y otros muchos que hicieron las delicias de tantos y tantos niños.

La ilusión de comprar los sobres, abrirlos con nerviosismo y entusiasmo, el intercambio con los compañeros, el pegar con engrudo las estampas en el álbum, es algo que aún permanece en el  recuerdo, allí donde donde la imaginación juega con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad.






Cuando llegaba la Navidad



La Navidad empezaba en la escuela. No había escaparates, ni  publicidad que la anticipara. Las semanas próximas a las vacaciones adornábamos las clases con motivos navideños. Encima de la pizarra sujetábamos con chinchetas tiras de colores plateados,  con grandes bolas colgando donde aumentadas y distorsionadas se  reflejaban las caritas ilusionadas de todos los niños. En las paredes pegábamos siluetas de belenes hechos en cartulina. Con las tiras  formábamos figuras de campanas y estrellas que centelleaban brillantes cuando el sol entraba por los largos ventanales que daban en dirección a la estación y por los que observábamos las ramas desnudas de los árboles del patio, donde los pájaros, huecas sus plumas por el frío,  revoloteaban en un juego de saltitos y aleteos.

Las clases de los mayores ponían un Belén con figuritas que cada uno llevaba de su casa. Unos aportaban pastorcillos, otros los Reyes con sus camellos, otros San José y la Virgen sobre una mula en su huída de Egipto... Lo más curiosos era hacer el portal y las montañas, para lo cual se iba a las herrerías a por trozos de escoria que después se decoraban con harina por encima para que pareciera nevado.

Los últimos días de clase y del año,  se escapaban veloces entre  palmas y panderetas. Ensayábamos villancicos que luego íbamos cantando de clase en clase. Colocados todos los niños en la pared del encerado, protagonizábamos cánticos navideños que después quedarían para siempre resonando en nuestra memoria.

El día que nos daban las vacaciones, aún antes de levantarnos de la cama, ya sabíamos que era un día súper especial. Íbamos algo más tarde a la escuela y un cántico característico pero inconfundible acompañaba el desayuno. El cántico repetitivo se extendería a lo largo de toda la mañana pues casi siempre coincidía el día de la lotería con nuestro día de vacaciones de Navidad. 

No llevábamos ni libros, ni cuadernos, tan solo la pandereta y algunos polvorones y mazapanes para celebrarlo.

La escuela ese día adquiría un aire distinto. Cambiábamos las meses y las sillas de lugar y colocábamos en ellas no cuadernos, libros y estuches, sino todos los dulces y productos navideños para celebrar una fiesta. Algunos apenas podían vocalizar, por los polvorones que  engullían enteros.  Risas y más risas. Sonidos unas veces acompasados, otras no,  de las panderetas aporreadas con la palma de la mano mil y una veces, algunos con el dedo corazón impregnado de saliva conseguían un sonido más especial y armonioso. 

Por las tardes solíamos quedar con las amigas para ir por las calles a pedir el aguinaldo. Abrigadas las niñas con pañueletas o gorros en la cabeza, con bufandas hechas por nuestras madres o abuelas, coreábamos los típicos villancicos a las puertas de las casas. 

Al final terminábamos siempre en la plazuela de los mártires cantando al Belén que allí se instalaba. En una choza hecha de cañas y juncos contemplábamos embelesados a la Virgen María y a San José,  y al Niño desnudo en su cunita de paja. Aunque tal vez lo que siempre nos llamaba más la atención  eran el buey y la mulita. Con gran destreza y atino, lo que más nos gustaba era intentar echar una moneda al caldero que se encontraba sobre  unas luces rojas disimuladas entre troncos de madera que simulaban las ascuas del fuego.

Recuerdos con olor a Navidad, con sonidos inconfundibles, con destellos brillantes que como un sueño iluminan por estas fechas sentimientos nostálgicos de nuestra infancia donde la imaginación juega con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad.





jueves, 3 de diciembre de 2015

Los cines de mi recuerdo


Cuando las tardes de domingo eran un helado al corte de tres sabores, una bolsa de patatas recién hechas de la "Tía María la del Lute", un paseo con las amigas hasta los "kilómetros", o cuando te tomabas una Mirinda de naranja o de limón en la plaza... la vida, a veces, se transformaba en escenas a todo color. 

En pantallas gigantes descubríamos otras realidades hasta entonces desconocidas o sólo imaginadas. Poco a poco se acomodaban  en nuestra mente aún infantil. Daban  paso a nuevas vidas de fantasía, nuevas historias, nuevos personajes, nuevas experiencias.

Lo primero era ir a comprobar si ya estaban puestas las carteleras. La de la plaza recogía fotogramas de la película que se proyectaba en el cine Marianto, el espectacular cine de La Maruja. La otra cartelera en la propia fachada del entrañable cine del Marquesito, con sus entradas de butaca o de gallinero, donde se acomodaba la mayoría de la chiquillería del pueblo, y que se caracterizaba por el jaleo y pataleo que se formaba, sobre todo con escenas que por algún u otro motivo causaban gran emoción o regocijo.

Tras los cristales enmarcados en maderas pintadas, contemplábamos las escenas que más tarde se verían en la pantalla. Tratábamos de averiguar si sería una historia de acción, de amor o de miedo. De pistoleros, de romanos o policiaca...

Cuántas veces nos hemos dejado llevar por esas imágenes para elegir una película que luego resultaba tener escenas que impactaban en nuestras retinas, produciendo más de una pesadilla.

Una vez elegida la película, nos disponíamos en fila para comprar las entradas. Tratábamos de elegir una fila no demasiado cercana a la pantalla ni demasiado lejos, ya que bien era sabido que las últimas filas se reservaban para las parejas de novios y eran conocidas como "las filas de los mancos"... Después el ritual de comprar las chucherías para consumir mientras la película, unas palomitas, una bolsita de kikos, unos regalices...

En una época de nuestra vida hubo un cine muy especial, el cine  de verano, donde el recuerdo de una noche viendo una película al aire libre provoca una agradable sensación jamás vivida. 
Se entraba por una gran puerta. Un camino de gravilla recién regado, rodeado de hiedra, plantas y grandes árboles, adornado con luces de distintos colores, conducía  hasta la barra de un bar regentado por  "El Nono", donde comprar un refresco o alguna golosina, y por donde se accedía a unas sillas plegables de madera donde se buscaba la fila que correspondía a tu asiento. Jesús "El Churrero" era el encargado de la proyección.

Todo se convertía en un mundo fantástico.  El frescor de la noche y el olor a la humedad de las plantas se hacía sentir en el ambiente. El sonido imponente de la banda sonora  rompía  el  pequeño susurro producido por el ruido al comer pipas o de algún que otro grillo cantarín, y nos introducía, como por arte de magia,  en un fantástico mundo que por un par de horas ocuparía parte de nuestra existencia.  

A veces ocurría que en la pared donde se proyectaba la película, una lagartija curiosa o una  salamanquesa despistada se deslizaba sigilosa por el rostro de un  actor o el escote de una actriz, produciendo un inesperado efecto especial con el consiguiente alborozo y  risas del público. 

Las voces de los actores se transformaban en un eco en el silencio nocturno. La sucesión de imágenes nos hacían viajar a otros lugares. El gran manto del cielo estrellado,  como un improvisado  espectador más, envolvía la noche en imágenes que aún parpadean en nuestros recuerdos, en donde la imaginación juega con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Días de juegos



Aún  no nos habíamos acostumbrado al cambio de estación, cuando los días más cortos se instalaban en nuestras vidas. Poco a poco nos habituábamos a las horas de escuela y las  compaginábamos con diversos juegos hasta  el anochecer. 

Cuando la semana era un dibujo en el suelo, donde con una pierna a pata coja y una patada a un tejo marcábamos el ritmo de nuestras habilidades y nuestros sueños. 

O cuando "jugar a la  goma"  suponía todo un reto de destreza, donde saltos hasta entonces imposibles, eran sinónimo de dominio y superación. 

La cuerda señalaba la resistencia de nuestras piernas, sin necesidad de tenerla que tensar, solo se necesitaba un buen "duble" para comprobar hasta donde éramos capaces de llegar.

Una pared servía para multitud de juegos. El escondite inglés, el "resquetao", la pelota...

Compases de canciones, pasadas de generación en generación, marcaban la mayoría de estos juegos. "Ese o, sopa de arroz, pimiento pimentón, que pica que rabia, que toca la guitarra, que viene Juan Simón, con ganas de juerga, nos quita la cuerda, nos pone en colección, colección, una, colección dos, colección tres...". "Al jardín se la alegría quiere mi madre que vaya a ver si me sale un novio lo más bonito de España, vamos los dos, los dos,  los dos, vamos los dos en compañía...". "Viva la media naranja, viva la naranja entera, vivan los guardia civiles que van por la carretera..."

En "los Santos" acudíamos al cementerio en pandillas, cuando las visitas a este lugar suponían una aventura, más que un lugar triste donde llorar y recordar seres queridos. Recorríamos todas las tumbas con cuidado de no caminar por encima, pues parecía  un sacrilegio si por descuido pisabas alguna. Sentías  como si hubieras pisado literalmente a la persona que allí se suponía que se encontraba enterrada. La curiosidad nos hacía llegar hasta aquellas más abandonadas y derruidas, donde algún que otro hueco dejaba entrever lo que imaginábamos un profundo orificio hacia el más allá.

La mezcla de aromas  de flores depositadas sobre las lápidas se mezclaban con los de pintura y aguarrás de las cruces de hierro recién pintadas. En un espacio reducido, los cipreses con sus copas al cielo, arropaban los sueños de los niños que dormían eternamente. Los colores morados de las flores cultivadas en "portadas" y huertas, predominaban junto a otros ramos más coloridos, la mayoría de flores de plástico.

Después por la noche nos reuníamos en casa de algún amigo a hacer chocolate para tomarlo con churros. Algunos contaban "cosas de miedo". Nuestros mayores recordaban cuando las campanas de la iglesia tocaban toda la noche a compás de "toque de muerto" y comparaban como habían cambiado los tiempos. Después  con el chocolate que había sobrado se salía a la calle a pintar con restregones las fachadas del pueblo o a untar las cerraduras de las puertas con engrudo hecho de harina y agua.

Entre juegos y diversiones los días transcurrían pacientes, calmados y sosegados. Tras la ventana de la nostalgia se dibujan iluminados y cálidos, en donde la imaginación juega con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad.

jueves, 1 de octubre de 2015

Tiempo de vendimia



Iluminados por los cálidos rayos del sol del amanecer,  bañados todavía por las gotas del rocio, los racimos lucen dorados entre las pámpanas verdes de las vides, que alineadas sobre la tierra rojiza aguardan pacientemente.

A lo lejos un bullicio cada vez más cercano rompe la monotonía del silencio de la mañana. Un tractor con el remolque enganchado, lleno de gente, gira en un recodo del camino y dirige sus ruedas hacia un lugar bajo unos árboles. Allí se procede a descargar todos los aperos de trabajo.

Alguien ha prendido una gavilla de sarmientos, y la gente se arremolina en torno al fuego. El aire aún fresco se nota en la cara. Las manos se frotan una contra otra para entrar en calor.

Una voz da la orden y en parejas se comienza la tarea. El ánimo y optimismo se respira en los primeros momentos.  Inclinados sobre las cepas, la mirada busca los prietos racimos, que con la destreza de  un corte limpio pasan a engrosar poco a poco las pesadas espuertas.

El entusiasmo va creciendo al ver como el fruto que tanto tiempo ha madurado en la tierra va colmando el montón de uvas que ya se empieza a formar en el remolque.  

Las primeras horas transcurren entre comentarios y chascarrillos. Los riñones se resienten y el calor  empieza a apretar. Las manos pegajosas por el zumo de la uva buscan  las pequeñas carpas y  rozan con algunas de las hojas secas, produciendo un tacto entre áspero y pringoso.

Ya con el sol en  lo alto se para para comer. Se enciende un fuego con leña seca y se ponen tres piedras a modo de trébedes para poner el caldero. Se hace un guiso de carne con patatas, que sentados en el suelo todos devoran con gran apetito. Después un pequeño descanso que algunos aprovechan para echar una pequeña siestecilla o mirar tranquilamente tumbados el transcurrir de  las nubes entre las ramas de los árboles y observar curiosos el paso de las grullas en el cielo, con sus infinitas filas de puntos negros en forma de números unos,  dibujados en el firmamento.

La vuelta al trabajo se hace ahora  más dura y pesada.  Los liños más largos e interminables. Pero una vez se coge la postura, el cuerpo se acostumbra y las espuertas vuelven a llenarse una y otra vez.

El tractorista ya ha tenido que ir varias veces a descargar el remolque a la bodega,  mientras tanto se va depositando la uva en grandes seros de goma.

Por fin la viña se reduce a un pequeño triángulo con seis cepas, cuatro, dos, una. Por fin,  la faena está terminada.

Se recogen los utensilios y todos los aperos que se han usado. Cada uno como puede sube al remolque, unos apretujados en los duros  asientos del remolque,  la mayoría sobre la uva.

Y así con el traquetear del tractor por el camino empolvado, el sol lentamente va descendiendo. Unas nubes rosadas juegan en el horizonte, pincelando el pueblo a lo lejos.  El olor a mosto lo impregna todo. Mientras tanto unos van  descansando de la  jornada sabiendo que mañana espera otro largo día.  Otros tendrán que esperar aún el turno de descarga en la bodega. Las mujeres llegarán a casa y tras recoger todo y asearse,  prepararán la cena y la comida para el día siguiente, y algunos de los niños, que también han  contribuido en la vendimia, soñarán este día tan  especial en que han combinado el duro trabajo y  los furtivos juegos, y  que probablemente recordarán más de una vez a lo largo de su vida, en donde la imaginación juega con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad.
  

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Huele a Fiestas



Aún el verano se resistía caluroso entre las calles empedradas y rincones de mi pueblo, cuando las mujeres afanosas y diligentes madrugaban, aprovechando el frescor que aún perduraba del relente de la noche, para acicalar las casas como si de novias se tratase, vistiéndolas  inmaculadas para lucir esplendorosas ante la llegada de la más esperada de las celebraciones LAS FIESTAS.

-Tened cuidado, no os acerquéis al "tinajón" que acabamos de echar la cal viva.

Mi abuela con un palo de madera removía los trozos mezclándolos con agua hasta que la cal se disolvía.

-Coged esos cubos de cinc y llenarlos.

Se utilizaban escobas de atar pequeñas, que mojadas en la cal servían como brochas.

-Sujetad bien la escalera que voy a subir.

Según se iba blanqueando, la fachada quedaba en un principio mojada, pero  al  secarse poco a poco adquiría un luminoso blanco que resplandecía aún más con los primeros rayos del sol.

Las mujeres con pañuelos en la cabeza no se libraban de las salpicaduras y las caras graciosamente presentaban lunaritos blancos por todas ellas.

-Toma moja la escoba y dámela otra vez.

Las que estaban abajo miraban que quedara perfecto.

-Da bien ahí que parece que te has dejado "una embuste".

-Mientras vas terminando voy a ir preparando para dar el zócalo.

Para diferenciarlo del resto de la fachada se mezclaba la cal con unos polvos de color.

-¿Está bien así o lo pongo un poco más oscuro?

Otras casas se remataban en la base de la fachada con una línea de nogalina que mañosamente se encargaban de que quedara bien delineada.

Las puertas y ventanas eran lo último que se pintaban para que todo quedara como nuevo.

-Id abriendo los botes de pintura y de barniz.

-Echa un poco más de aguarrás para que cunda.

Antes del medio día todo estaba terminado y recogido.

Después se regaría bien la calle y se barrería a conciencia, se adornaría la acera y las ventanas con  geranios cuyas macetas también antes se habían pintado de vistosos colores, algunos de ellos se colgarían también en la fachada.

Y así con todo dispuesto el aire se impregnaba de un olor diferente al resto del año. Según se caminaba por las calles se anunciaba algo muy especial.

A la caída de la tarde pandas de chiquillos pasaban por mi casa, ansiosos y entusiasmados, se dirigían en dirección a la plaza de toros.

 -Vamos corred que ya están poniendo los palos...

Los palos de los encierros servían de juegos imposibles. Algunos hacían en ellos columpios, otros imitaban los encierros de los mayores. Algunos conseguían cuernos que atados con destreza sobre un palo  simulaban al toro en sus juegos. No faltaba quien a lo largo de las Fiestas llevara un brazo en cabestrillo por tropezones o caídas inesperadas, y no precisamente por la cogida del toro imaginario.

En algunas calles ya se empezaban a colocar las primeras banderitas de colores, que impacientes coreaban con el moviendo del suave viento de primeros de Septiembre el sonido a Fiestas.

El culmen del gran acontecimiento sin duda llegaba cuando se ponían los arcos, con las inusuales bombillas de colores, en las calles que desembocaban en la plaza del pueblo. Entonces ya sólo quedaba la certeza de que las Fiestas ya estaban de nuevo aquí y el olor tan especial que nos había ido acompañando los días anteriores se transformaba en realidad.

Y todo acontecía como acontecen las cosas que tanto se desean. Como hoy de nuevo se repiten reflejadas en otras personas y en otra época, pero con la misma esencia y el mismo olor de entonces... donde la imaginación juega con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad.




lunes, 27 de julio de 2015

Un pinchacito de nada


Oigo pasos. Parece que se aproximan a la puerta. No, se alejan de nuevo. Un ir y venir de un lado a otro. Silenciosos, como en un susurro, y este dichoso olor que todo lo embriaga.

Olor a desinfectante, a alcohol, a medicina, a inyecciones...

El pánico me corre por todo el cuerpo y se centra sobre todo en la boca del estómago  produciéndome un inquietante desasosiego. Sentada junto a mi madre en uno de los bancos de madera, ella trata de tranquilizarme.

Observo de nuevo  la puerta tras la cual me espera el suplicio al que irremediablemente tengo que enfrentarme. Miro alrededor, trato de distraerme. Todo es de un  inmaculado color blanco crema. Los bancos alrededor de la sala donde estamos sentadas, los radiadores de hierro fundido junto a la pared, la puerta de la calle con sus cristales biselados, el zócalo hasta media altura de las paredes...


Me levanto nerviosa y me pongo a observar los cuadros que decoran la estancia. Mejor hubiera sido permanecer sentada. Una de las láminas representa lo que parece una lección de anatomía, donde un hombre señala a otros que lo observan el brazo abierto con todas las venas al aire de un hombre que por el aspecto y color parece muerto. En otro una madre agonizante en una cama rodeada de médicos y familiares compungidos y con cara de sufrimiento. Mi madre para distraerme me dice que mire este otro a ver si encuentro la fotografía  del señor practicante, entre numerosas caras en el cuadro de su graduación. Miro detenidamente una a una hasta que lo encuentro en la tercera fila,  además no es difícil su nombre figura al pie de la foto.

La puerta de la calle se abre, una mujer pasa y se sienta a nuestro lado. Su conversación me distrae un rato, aunque mi mirada se clava en el manillar de la puerta de la entrada a la consulta,  muy despacio parece que se mueve.

Ahora sí, los pasos son más cercanos y una voz se oye claramente al mismo tiempo que se abre la puerta y tras ella un hombre con bata blanca pronuncia "el siguiente".

El olor a desinfectante es más intenso aún. De reojo miro una mesita donde están  todos los utensilios donde se prepara la inyección, junto con un recipiente con un líquido en constante ebullición donde se esterilizan las agujas. Amablemente el practicante conversa con mi madre y me dirige una apacible mirada, sin embargo yo no dejo de mirar entre la curiosidad y el pánico el instrumental que hábilmente él maneja.

Sin remedio ante lo inevitable intento convencer a mi madre de que no quiero que me ponga la inyección. Empiezo a llorar desconsoladamente y ante la tensión  pongo el moflete del culo lo más duro que puedo. El practicante comenta que me tranquilice o se podrá romper la aguja. No contaba con  este nuevo imprevisto, imagino que la cosa puede ir a peor. Suspiro profundamente, noto el algodón frío impregnado en alcohol, una palmadita y ya está... Ves, solo es un pinchacito de nada.

Como premio me deja que me lleve el envase de la inyección y el frasquito con el tapón de goma agujereado.

Mi mirada ya tranquilizada y serena se cruza con la angustiosa y compungida de otro niño que de la mano de su madre se dispone a entrar en la consulta, mientras le dice ¡ves que "chiquita" tan valiente!

Respiro el aire limpio y frío de la calle, me siento orgullosa de haber superado este pequeño trance, preludio de tantos otros que me esperarán a lo largo de la vida, donde la imaginación juega con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad.
   

viernes, 17 de julio de 2015

El vareo de la lana



Entra la cálida luz de principios de verano por la ventana de mi habitación. Los alegres trinos de los gorriones y las golondrinas que anidan en la iglesia, anuncian un nuevo día.

Hoy mi madre nos ha levantado antes que de costumbre. Llevo rato escuchando el temprano  trajinar de mi madre y mi abuela por la casa. Acabo de acordarme de que anoche nos dijo que hoy vendría la colchonera.

Ya ayer entre mi padre y mi madre bajaron a duras penas el colchón  por la escalera hasta el "portal". Mi abuela y mi madre  lo descosieron  y sacaron la lana apelmazada y aplastada. Primero lavaron bien  la tela del colchón  en el "tinajón" y después toda la lana. Luego lo dispusieron al sol para que se secara.

Mi madre me ha  dicho que vaya quitando la ropa de mi  cama que hoy toca bajar mi colchón.  Rápido me levanto  ya que la colchonera está a punto de llegar y no quiero perderme ningún detalle.

Una vez seca la lana de ayer,  la han colocado en un montón en el suelo sobre una manta previamente extendida. Mi madre y mi abuela sentadas en el suelo van "deshilajando" la lana.

La colchonera ha llegado a la hora prevista, con su pañuelo en la cabeza atado por detrás, su mandil y sus varas de membrillo para varear la lana.

Ágil y enérgicamente empieza a atizar la lana con  la vara en una mano, con la otra va quitando los trozos que quedan enganchados en la vara.

El sabio manejo de la vara produce un melodioso zumbido, que se  desliza hábilmente desde lo alto hasta golpear los mechones de la lana esparcida en el suelo. Acompasadamente, se va transformando en un sonido armonioso y rítmico, al mismo tiempo que la lana se va deslizando suavemente adquiriendo un aspecto esponjoso y mullido.

Mi madre ha preparado comida para todos. La colchonera y su hija, que acaba de llegar de la escuela, también comen con nosotros.

Después la colchonera ha seguido con su trabajo. Una vez vareada toda la lana la ha metido de nuevo en la tela del colchón. Sentada en el suelo lo ha cosido con una gran aguja curva y  le ha ido ensartando cintas a través  de  varios "ojetes" para que la lana quede bien sujeta y no se desplace de un lado a otro al mover el colchón.

Así va terminando uno tras otro todos los colchones. El resultado ha sido magnífico, todos han quedado perfectamente mullidos.

Una vez colocado el renovado colchón en mi cama me dispongo a descansar de esta nueva jornada donde he descubierto un laborioso y esforzado  trabajo, practicado por el buen hacer y el dedicado saber de la colchonera.

El cansancio reclama lentamente la somnolencia  que poco a poco se va instalando en una acolchada nube,  donde los sueños acuden suaves y fluidos, en un lugar donde la imaginación juega con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad.







sábado, 4 de julio de 2015

De baños al río

Hoy nos espera un gran día de calor.
Como es domingo la mayoría de la gente se encuentra en misa.

Cuando lleguen mi mujer y los chicos, cojo el tractor y el remolque y nos vamos a los "álamos negros".
Voy a casa de mi cuñado a ver si se vienen, y también se lo voy a decir a los vecinos que seguro se animan.

Venga todos al remolque.
Poned esas sillas ahí, cuidado con la mesa.
Los pequeños que se sienten en las mantas del suelo, al lado de las gavillas.
Meted las bebidas en los seros de goma que van con las barras de hielo. Sí también las sandias y unos cuantos melones.
¿Habéis traído el pan?
Sí, ahí van junto con las patatas.
¿Cuantos conejos habéis matado? ¿Serán suficientes para todos?
Papá, papá, los flotadores que no se te olviden.
No se me olvidan, ahí he inflado las cámaras de unas ruedas para que juguéis en el río.
Ya está todo listo, el caldero, la leña, las trébedes. Llevamos cucharas, fuentes... ¿Habéis echado las navajas?
Pues venga que nos vamos.

¿Por dónde vamos por la carretera o por "el vado"?
Por la carretera llegamos antes, además el camino del vado está muy "escarnado" desde la última tormenta.

Mira cuanta gente ha venido también "de baños".
Estos han sido más madrugadores.
De todas formas hay sombra para todos.
Id bajando y poned las cosas en esa explanada al lado de los árboles.

¡Cuidado con los niños! Que alguien baje con ellos al río.
Sí, por ahí hay un pequeño remanso sin peligro.
Que se pongan las chancletas de goma porque con los guijarros se van a dañar los pies.
Que cojan las cámaras, ¡cuidado con esa grande!
¡Ahí por los menos caben cuatro chiquitos!

Venga poned los sarmientos e ir pelando patatas para unas "chulas".
Nosotros vamos desollando los conejos mientras.
Venga un vinito.
Yo con gaseosa....

Y así,  entre "chula y chula", vinos y un buen caldero de conejo con patatas, se charlaba sobre cualquier cosa,  se gastaban bromas, siempre se terminaba cantando...
Algunos organizaban un pequeño partido de fútbol con los más pequeños,  otros  se columpiaban en improvisados mecedores hechos en las ramas de los árboles, otros dormitaban la siesta.

Los enormes álamos junto al río servían para organizar meriendas, reuniones de amigos, celebraciones familiares.
Sus verdes copas daban fresca sombra en los calurosos días de julio y agosto. El río transcurría sereno y tranquilo refrescando los sueños de grandes y chicos. Todo acontecía en un entorno idílico de frondosos colores verdes y olor a río cristalino, en un lugar donde la imaginación juega con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad.

martes, 30 de junio de 2015

El pilar

Por la tarde, recién llegado de la escuela, aún escuchaba a su madre tras la puerta advirtiéndole, como siempre, de que tuviera cuidado y que no se alejara demasiado.
Pero él, deseoso de juegos y aventuras, se precipitaba, bocadillo en mano, corriendo cuesta abajo camino de "El pilar".

El Pilar en la actualidad. Foto de Jose Escobar Encinas
Había quedado con sus amigos en las eras de "La granja". Sin duda alguna, aquel lugar también resultaba atrayente para jugar. Aunque no se podía entrar se observaba  tras la alambrada una construcción interesante para adentrarse en una aventura. Se situaba entre los cerros que bordeaban las eras, a distintas alturas,  y eso le daba un aire misterioso y especial. En un lateral de la casa había un carro de madera destartalado al que se subían para observar que había al otro lado de la tapia y también para coger "almendrucos" de las ramas que sobresalían. Pero lo más emocionante era cuando alguno gritaba "¡qué viene el dueño!, y todos salían corriendo como alma que lleva el diablo.

Un poco más abajo, a mano izquierda, según bajaban al pilar, había una pequeña cueva, a la que por supuesto, había que entrar para investigar que era lo que se podía encontrar allí. Una vez comprobado que era una pequeña oquedad del terreno sin mas, la aventura se dirigía hacia el lugar preferido por todos.

Lo primero que encontraban era un reguero donde manaba el agua. Allí muchos calmaban el sofoco de las "correndías" llevándose el fresco agua de un sabor salobre a la boca. Por supuesto el agua no era potable, ¡pero servía para aliviar la sed!.
El ligero reguero llegaba hasta una pequeña pila de piedra, y de ahí por un chorro caía a una especie de pilón construido a ras del suelo. Estaba bordeado por unos adoquines de piedra, que era la atracción de los más osados que se aventuraban a caminar por el resbaladizo borde, dando  la circunstancia de que más de uno fue a caer al agua. Gracias a que la profundidad no era mucha y solían salir tan rápido que apenas les llegaba a la rodilla. Eso sí, además de tener que estar el resto de la tarde mojados, el cieno también hacia de las suyas en las zapatillas y los calcetines, y de cómo limpiarlo para que después no se enteraran las madres.

Pero el reto más importante de la tarde consistía en coger renacuajos. Rápidos y escurridizos nadaban en las verdinas aguas. Resbalaban entre los dedos y huían despavoridos, escondiéndose  entre las suaves y enmarañadas algas.
Algunos, provistos de bolsas o botes,  lograban capturar unos cuantos. Contentos, pretendían llevarlos a escondidas a casa para verlos convertirse en ranas. Circunstancia que nunca se daba, ya que ninguno lograba mantenerlos vivos tanto tiempo.

Siguiendo el camino se encontraban otros lugares igual o más interesantes. Había una casa cercada por una vaya de piedra, con una noria y una charca de agua, rodeada por almendros, granados y membrillos. Andando un trecho más  largo en una ladera blanquecina se descubría "El yesar" y subiendo un poco más arriba el imponente "Cerro cabeza gorda".

Sin duda las vacaciones de verano se presentaban interesantes con tantos lugares por descubrir,  en los que correr intrépidas aventuras y andanzas.

Aventuras tan lejanas en el tiempo y tan cercanas a los sentidos como si se estuvieran reviviendo de nuevo. En tardes suavemente soleadas, de inmaculados almendros en flor, cuyo aroma mezclado con los de tomillo y espliego, inundan de nostalgia los momentos felizmente vividos, donde la imaginación juega con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad.

domingo, 14 de junio de 2015

Los puestos de golosinas


Estampas en blanco y negro inundan mis recuerdos salpicados de los atractivos colores  de caramelos  y golosinas. 

Los domingos por la mañana y los días de fiesta,  los "puestos", acudían -curiosamente- todos desde el "Vallejuelo", hasta la plaza. Subían empujados ávidamente por sus dueñas "la tía Pacita", "la tía Juliana la de los dulces", "la tía Gregoria" y aunque menos asidua también "la tía Francisca la Cagueta" y se colocaban estratégicamente, cada uno, en su sitio de costumbre. Algunas veces también los podíamos encontrar en la "Plazuela del Marquesito".

El momento álgido era a la hora de la salida de misa de doce, donde todos los chiquillos acudíamos en tropel, con las pocas pesetas, a veces perragordas y perrachicas, o los reales de los que tenían un agujerito en medio, rodeando el puesto, que se convertía en el paraíso y la delicia de todos. 

Allí se disponían, con verdadera maestría, un surtido de todas las golosinas de la época: "regalís" del rojo y del negro, por una peseta te daban dos, también podías comprar uno por cincuenta céntimos. Gominolas, diez una peseta. "Chupachús" de fresa, limón o naranja. Piruletas, por supuesto a peseta. Caramelos de varios sabores. "Sacis" que sobre todo solían comprar los abuelos para la tos. "Pirulís" de caramelo, de los que gustaba chupar hasta dejarlo afilado como la punta de un lapicero. Los olorosos y sabrosos chicles "Bazoka", los "Cheiw junior", los "Niña" que incluían estampita,   los "Palotes", los anisitos, las cajitas de jalea. Bolsitas de "kikos", de palomitas, de pipas, aunque éstas también las vendían sueltas con sal y sin sal, por una peseta un cucurucho grande, por cincuenta céntimos uno más pequeño, la medida solía ser un vasito de los de "yogurt" de antes. 

Alrededor del puesto  también colgaban  algunos pequeños juguetes. Pelotas de plástico de distintos colores con una goma que se ponía en el dedo corazón para pode estirar y recoger con la mano. Pequeños tambores y trompetas, pistolas y escopetas de juguete, bolsitas de indios y vaqueros de plástico, pequeños bolsitos de colgar al hombro para las niñas, pulseras y collares de cuentas de colores, preciosos y brillantes molinillos de viento. "Yo-yos", globos, canicas, pistones...

Especial recuerdo el del "tío Jaro el Moco", al que siempre recuerdo junto a un puesto más pequeño, que subía todos los días, incluso los de lluvia, hasta la plaza,  desde su casa que estaba por el puente. Traqueteando porque cojeaba de una pierna, y aunque era conocido por este apelativo, que supongo no le gustaba mucho, su verdadero nombre, que seguro la mayoría  desconocen, era Alberto.
                                                          
Sé que existieron otros que también hicieron las delicias de niños anteriores a los de mi generación, como fueron los de la "tía Angelita", la "tía Jesusa" con su especialidad en pínsoles, cañamones y chufas y la "tía Hípolita" con sus llamativos y alegres colores y donde los niños  degustaban los primeros vasos de "gaseosa de sabores".

Gratas y entrañables imágenes nostálgicas de la infancia que se desempolvan  para brillar nítidas y resplandecientes  en el recuerdo,  donde la imaginación juega con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad.




miércoles, 27 de mayo de 2015

El puente del río. "A lavar el mosto"

Acude a los cauces de la memoria la fresca y sonora melodía del agua juguetona, que tras los ojos del puente, centelleaba en mil y un destellos dibujados por los débiles rayos tempranos del alba.

Aún el olor a las bodegas perduraba en el aire en aquellos primeros días de otoño, cuando un remolque repleto de utensilios pegajosos y pringosos, se disponía a la orilla del río, lo más cerca del agua que las ruedas delanteras del tractor, al que iba enganchado, lo permitían. 

Bajé con un ágil salto por la parte trasera. Las botas de goma que mi madre me había puesto aquella mañana y que solo recordaba haber utilizado un par de veces los días de lluvia, me proporcionaban un paso firme, aunque un poco forzado, sobre el barrizal que las rodadas del tractor habían marcado mezcladas con el agua. 

Los hombres afanosos, y un tanto alborotados, disponían espuertas, seras y serillos en el suelo, que las mujeres laboriosas y alegres, sumergían en el agua para que se fueran humedeciendo.

La lona que había servido para recoger la uva, tiesa y deforme, era depositada con gran esfuerzo por los hombres en el suelo, cerca de la orilla. Con cubos de agua se rociaba para después frotarla con cepillos de raíces y escobas de atar, hasta dejarla lo más limpia posible. 

Ensimismada yo observaba, ante tanto trajín, como el agua disolvía la melosa mezcla que las huellas de la vendimia habían dejado ante tanto utensilio. Me introducía en el caudal del río hasta donde la altura de mis botas permitían que no me entrara agua, siempre ante la atenta mirada y las advertencias de mi madre. Aún así, casi siempre el descuido, la curiosidad y la expectación hacía que un fugaz reguero se introdujera fortuitamente entre el pantalón y la bota, y un hilo de frescor transmitiera a mis pies la certeza de que el agua había penetrado dentro.

Los guijarros de la orilla hacían que los andares por el río resultaran un tanto estrambóticos. Cada dos por tres te hacían resbalar y más de uno dió con su trasero en el agua ante las risas y chascarrillos de los demás. 

El movimiento constante del agua en dirección a su destino, producía cierto mareillo, que lejos de resultar incomodo, al contrario producía cierta placidez. 

El puente, majestuoso y firme, era el escenario perfecto de esta estampa que cada año se repetía en el río. Sus siete ojos avizores eran testigos de lo que acontecía, serenos, reflejados fielmente en el espejo cristalino, se convertían en un momento en un confuso lienzo de figuras fragmentadas en cientos de colores y formas, por el traquetear del gentío en sus aguas.

Las cóncavas formas de los arcos sorprendía con su eco juguetón y difundían,  una y otra vez, el griterío, las risas y la alegría de niños y mayores. 

Quiero pensar que ese eco de acontecimientos pasados, ese murmullo del transcurrir constante del agua en el río, ese entusiasmo de las gentes que un día lo disfrutaron, permanezcan siempre  en el recuerdo,  donde la imaginación juegue con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad.



viernes, 15 de mayo de 2015

La tienda de juguetes

Los pasadizos de la mente me trasladan al pasado nostálgico.  Aquellos momentos que han quedado pincelados de atractivos colores, brillantes y resplandecientes, de la niñez.

Recuerdo con especial añoranza, aquellas frías tardes en las que la oscuridad ya envolvía las calles y el olor hogareño a las chimeneas recién  encendidas inundaba todo el pueblo. Al cruzar por la plaza, camino a casa de mis abuelos y de mi tía,  un escaparate poco mas grande que una ventana, llamaba poderosamente mi atención. Los pasos me llevaban hasta la tienda de juguetes,  la única entonces en el pueblo. Aquel pequeño recinto engrandecía la imaginación y hacia la delicia de los más pequeños. Me gustaría pensar,  que también de los mayores.

Ese diminuto espacio bastaba  para anticipar y anunciar que la Navidad ya se acercaba. Suficiente para recrear un año tras otro, la ilusión y el deseo del esperado día de Reyes.

Niños y niñas, ataviados con sus bufandas y gorritos, con  las mejillas enrojecidas y heladas por el frío, acudían presurosos y entusiasmados al escaparate. Con sus caras embelesadas y los ojos bien abiertos,  observaban detalladamente el mundo de fantasía que tras el cristal se ofrecía.

Entre plateadas y doradas guirnaldas de Navidad, muñecas de varios tamaños,  cochecitos para pasearlas, cocinitas y  juegos de café con sus cucharillas, cacerolitas, platitos y vasitos de colores, coches grandes y pequeños, camiones, tractores y paleras de plástico, caballos balancines, triciclos, pelotas, balones, parchís, juegos de construcción, de magia, los  juegos  reunidos, barajas de familias, puzzles y rompecabezas, dominós, juegos de ajedrez, estuches de veinticuatro colores, carteras para la escuela, mochilas, cuadernos de anillas,  cuentos... Mundos en miniatura, pendientes de descubrir por los más pequeños, que prometían juegos y diversión  llenos de mil historias y aventuras.

A mi lo que más me llamaba la atención era un juego de comedor en miniatura, compuesto por una pequeña mesita redonda con sus sillitas alrededor, era de un color rosa intenso decorado con pequeñas florecillas verdes.

Una vez que traspasabas la puerta de la tienda, una gran luminosidad lo inundaba todo. El paraíso de los pequeños, sin duda,  se encontraba allí. A la derecha,  tras el mostrador, multitud de juguetes se exhibían en estanterías pintadas en tonos pastel. A un lado todos los juguetes para niñas, al otro todos los juguetes para niños. Todo un  espectáculo de colores rosas en sus más diversas tonalidades a un lado y un variopinto de azules, verdes y  rojos al otro. Todas las paredes llenas de juguetes, desde el suelo hasta el techo.

Cual fue mi gran sorpresa cuando la mañana de Reyes encontré el juguete con el que tanto había soñado a los pies de la ventana de mi habitación, justo al lado de mis zapatos. Con razón los Reyes son magos, porque yo no había dicho a nadie cual era mi juguete preferido y ¡ahí estaba  el regalo que tanto había anhelado!

Esta fantástica tienda contribuyó a que cientos de deseos se cumplieran.  Nos ofreció un  universo de ensueño que aún hoy muchos recordamos con una sonrisa. Un cosquilleo de alegría aún se esboza  en el corazón, al mismo tiempo que pellizca suavemente el alma. Allí en el recuerdo, donde la imaginación juega con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad...

martes, 12 de mayo de 2015

Sentidas palabras (De la Torre de la Iglesia a la Chimenea de la Alcoholera)

Altiva y delgada te vi nacer. Esbelta, de exquisita construcción. Compañera y amiga desde entonces a través del tiempo.

Aunque fuiste creada para una labor totalmente distinta a la mía, tu también, de algún modo, contribuiste a elevar el espíritu de los que te conocieron.

Me acompañaste en los días soleados y luminosos, en los tormentosos y nublados,   en las primaveras caprichosas, en los dorados otoños.

Juntas las dos, desde la lejanía, dábamos la bienvenida como buenas  anfitrionas, a todos los que se acercaban al pueblo que nos vio nacer.

Compartimos secretos desde las alturas. Servimos de morada a las viajeras cigüeñas y a las juguetonas golondrinas. Te vi en tu plenitud soltando nubes de humo que a mi se me antojaban  mensajes de enamorada.

Rosada y azul radiante en los amaneceres, resplandecías allá en el horizonte. Tornabas amarillenta y de oro en lo alto del mediodía,  tiñéndote de un rojo apasionado en el malva y anaranjado de los atardeceres, para después dormir lenta y pausadamente arropada por el manto sereno de las estrellas.

Hoy dirijo mi mirada hacia tu lugar y no te encuentro. Sé que ya no estás.

Leo en los pensamientos de los que te conocieron. Aún te aprecian cuando en sus viajes encuentran chimeneas que les recuerdan a ti. Emergen elegantes, desde distintas poblaciones, como seña de diferentes fábricas que para conocimiento de nuevas generaciones han sabido conservar.

A mi me causa una profunda tristeza que, aquí en nuestro pueblo, no quede vestigio alguno de ti. Tan solo quedas en el recuerdo de los que te conocieron. También en fotografías  en las que algunos villarrubieros supieron inmortalizarte, con el afán de dar a conocer las obras del pasado para que no quedaran en el olvido. Porque aunque haya que vivir en el presente y mirar hacia el futuro, creo que  es importante recordar el pasado para entender y apreciar más  la vida.

No tocaron mis campanas en tu despedida, no hubo ni adioses ni llantos. Muchos ni se dieron cuenta de que ya no existías.

Amiga mía, desde las alturas te añoro y te recuerdo.  Aquí en mi soledad, hoy te quiero rendir homenaje con estas sentidas palabras, donde la imaginación juega con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad... 

martes, 28 de abril de 2015

El caballito y el gallo

Me contaron que aún seguís ahí los dos, en lo alto de vuestro privilegiado  mirador. Fieles al que alguna vez tuvo la feliz idea y capricho de aportar con vuestra presencia un toque de originalidad. Impertérritos ante el paso del tiempo, testigos mudos del transcurrir de la vida.

No puedo ni imaginar la cantidad de acontecimientos que desde vuestra acertada posición en el tejado, habéis observado.  Camino de la iglesia, de  idas y venidas,  de tantas y tantas gentes.

Con la cotidianidad de los días, habéis visto a  los obreros que subían a la plaza para coger el autobús a la mina, a los tractores madrugadores dispuestos con sus aperos para el campo, a albañiles acudiendo temprano a sus trabajos de construcción, a las amas de casa subiendo y bajando con sus bolsos de la compra. Observando atentos los pasos  serenos de los ancianos,  a los animados y esperanzados jóvenes,  a los niños al colegio... Esos niños a los que alguna vez habéis sorprendido desde lo alto y que tal vez os hayan incluido en sus sueños o quizás también en sus juegos.

Habéis presenciado el alborozo de las distintas festividades. De la banda de música con sus festivas notas, de la solemnidad de las procesiones de Semana Santa, del acogimiento de la subida de la Virgen todos los días seis de septiembre, de la emotiva del día ocho en honor  a nuestra Patrona.

De celebraciones y más celebraciones. Bodas, bautizos, comuniones. De todas las misas diarias y de los domingos. ¡Habéis sido partícipes del entusiasmo y fervor de tantísimas personas!

También, como no,  de tristes acontecimientos. Testigos presenciales del sufrimiento de familiares en las despedidas de sus seres queridos. Seres a los que seguramente vosotros también añoráis, puesto que más de una vez cruzasteis vuestras miradas.

Y así,  viendo pasar el tiempo,  aún me dicen que continuáis vigilantes y atentos,  aunque ya deteriorados por los años. Siempre guardianes y cuidadosos de los sueños de los que pasan por vuestro lado. Sin ser vistos por algunos, pero siempre bajo vuestra presencia.

Os prometo que la próxima vez os saludaré de nuevo, atenderé  vuestra existencia y seguramente me dejaré llevar por los senderos de la nostalgia,  donde la imaginación juegue con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad...

Nota: Encargué que me enviarán una foto actual para ilustrar el escrito. Hoy me comunican que el caballito cayó en la última tormenta... El gallo único superviviente, lucha por mantenerse dignamente en pie ante el pavor decrépito de los años y de su presagiado destino.




El chozo

Los primeros rayos de sol rasgaban el lienzo infinito allí donde la tierra y las nubes aún confundían sus tonalidades. Presagiaban un día de verano que a mi se me antojaba lleno de nuevas cosas por descubrir. Hoy mi padre me había prometido que me dejaría guiar la trilla.

Ya la luz jugaba con las sombras cuando llegamos al inconfundible chozo. La forma redondeada y su perfecta cubierta ovalada, diferente a todas las demás construcciones del pueblo, lo hacían inconfundible en mi infantil e ingenua mirada.

Mi padre abrió la pequeña puerta y una agradable oscuridad húmeda salió sin aviso a recibirnos. La sequedad del olor a la paja junto con el relente de la mañana inundó mi alborozado corazón. El nerviosismo por empezar cuanto antes no me dejaba estar quieto ni un segundo.

La paciencia y laboriosidad de mi padre tranquilizaba mi energía desbordante. Lo primero era extender la parva para que se fuera oreando del rocío de la noche. Después ya subido por fin en la trilla, las primeras vueltas fueron una toma de contacto, donde mi padre me corregía y enseñaba.

Yo giraba y giraba y me dejaba llevar por la monotonía de las mulas que pacientemente tiraban de mi imaginación.

Cuando el sol estaba ya en lo alto y el sudor me resbalaba juguetón por la frente y la nuca, paramos para almorzar.

Allí estaba el chozo al que acudíamos para protegernos del juicioso sol castigador de pleno mes de julio. La diferencia de temperatura ya se percibía aún estando fuera, cerquita de la entrada. Sentía el frescor sobre mis piernas desnudas. Un frescor que poco a poco se iba instalando en cada rinconcito de mi piel, serenando mi cansancio  y recargando de nuevo mi entusiasmo.

Me gustaba sentarme en los bordes que servían de base a las paredes y que mi padre había acondicionado a modo de cómodos asientos. Allí mientras devoraba con gran placer y apetito el almuerzo que mi madre nos había preparado observaba ensimismado la construcción que apaciblemente nos acogía. El pozo, de donde habíamos sacado el agua el día anterior para preparar la era con el cantón, se situaba justo en el centro. Alrededor multitud de aperos: trillas, horquillos de palo, viergas, raidores, palas de madera, escobas, espuertas de esparto, sacos y costales,  ataderos y pitas, se distribuían de forma que mi padre sabía exactamente donde se encontraba cada uno. No le faltaba de nada. Lo que más me sorprendía y admiraba era cuando miraba hacia la bóveda del techo, no entendía como se podía sujetar sin ninguna columna o muro en que apoyarse. Mi padre me contó como su padre, mi abuelo, lo había ido construyendo poco a poco con lanchas de piedra y barro. Me embelesaba con las pequeñas rendijas que perfectamente alineadas frente a la puerta trazaban pequeños rayos de luz donde unas moscas pegajosas revoleteaban dibujando piruetas imposibles. Yo imaginaba que estupendamente podría vivir en un lugar como aquel y mi fantasía empezaba a jugar con aventuras fabulosas donde yo por supuesto era el protagonista de todas.

Noté una apacible mano sobre mi hombro, abrí los ojos y comprendí que tras el almuerzo, el madrugón y el cansancio me había quedado dormido. Mi padre me mandó con un pretexto que llevara un recado a mi madre que se encontraba en nuestra casa.

Supongo que él comprendió que por hoy ya había tenido bastante.


Luego vendrían otros veranos, otros días de julio, otros instantes en los que tal vez yo también acudiría al chozo con mi hijo, probablemente para explicarle el porqué de esa original construcción, los agradables ratos que allí viví con su abuelo. Los recuerdos que como regueros escudriñan el pasado.

Y posiblemente después mi hijo sueñe con aventuras imposibles de tiempos pasados. Donde la trilla sea un veloz artilugio que te traslade a lugares desconocidos, donde la era se transforme en un planeta inhóspito por descubrir,  donde el chozo se convierta en un fantástico castillo encantado lleno de misterios. Donde la imaginación juegue con la memoria en una fantasía, que alguna vez, fue realidad...